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portada de Kitchen
Kitchen
Banana Yoshimoto
Título original: キッチン [kicchin]
Traducción: Junichi Matsuura y Lourdes Porta
México, Tusquets, 2012, 208 pp. (rústica)
ISBN: 7502268181895

No es novedad para nadie que el año que nos dejó hace unos días, 2020, fue uno cargado de convulsiones de muy distinta índole. Muchos, como yo, tuvimos el privilegio de poder quedarnos en casa. De pronto el hogar tomó las funciones de muchos otros espacios: escuela, oficina, bunker de aislamiento voluntario o no del mundo. ¿Pero qué sucede cuando las paredes dejan de encerrar algo? El espacio vacío habilita sólo dos caminos: la destrucción o la reconstrucción; mas ejercer una de estas dos tareas no es algo que se haga de la noche a la mañana. En medio, el tiempo de la muerte se cierne sobre nosotros.

Kitchen (1988), de Banana Yoshimoto (1964-presente), habla de este intersticio vital. Luego de que su abuela muriera, la joven Mikage Sakurai se ha quedado totalmente sola. El camino de su sangre se ha agotado en ella. Ahora debe enfrentarse al apartamento vacío en el que las paredes han perdido sentido pues ya nada protegen. Con la bandera a media asta, Mikage se las arregla para sobrevivir, entre las cajas de mudanza, las semanas subsiguientes al entierro. Descubre entonces que la cocina es su lugar favorito para estar: la recubre la compañía silenciosa de los utensilios, los aparatos de cocina y las baldosas blancas.

Creo que la cocina es el lugar del mundo que más me gusta. En la cocina, no importa de quién ni cómo sea, o en cualquier sitio donde se haga comida, no sufro.

Mikage

Si antes quise contextualizar la lectura de este libro en medio de la actual pandemia por Covid-19, es porque, al igual que Mikage, nosotros hemos sobrevivido por los cuidados de aquellos que nos rodean. El apuesto Yūichi, su vecino, toca a su puerta y, en nombre de los Tanabe, la invita a vivir con él y Eriko, su madre transexual —⁠sorprendente inclusión⁠—, mientras ella encuentra un lugar que sea suyo.

Esta es la escenografía que Yoshimoto nos presenta: la joven acepta quedarse en casa de los Tanabe, aunque sabe perfectamente que tendrá que partir. «No había nadie en el mundo de mi misma sangre, y, así, me era posible ir a cualquier lugar y hacer cualquier cosa. Era magnífico», dice Mikage para luego reconocer que no es tan sencillo. De nuevo, el signo del espacio abierto entremedio aparece. Aunque ahora tiene compañía y una moderna cocina, el peso de la indeterminación la agobia. Si existe algo peor que estar al inicio o al final, es estar en medio: el horizonte se pierde y el espacio se deforma ante el recordatorio de que uno sigue vivo.

Todo brillaba irrealmente, bonito y deformado, como una ilusión, y se acercaba a mis ojos con rapidez. Sentí que, sin poder evitarlo, la energía salía a raudales de mi cuerpo y desaparecía con un silbido en la oscuridad.

Mikage

Pero no debe malinterpretarse: Kitchen no es un precipicio existencialista; todo lo contrario. Con un estilo llano, pero siempre certero, Yoshimoto nos va presentando escenas de la cotidianidad y los pensamientos de Mikage mientras asume el duelo, la compañía y, sobre todo, el cambio. Sea en la cocina, con la comida, las plantas o la sonrisa desde un prostíbulo, Mikage encuentra momentos de inmensa paz y quietud. En esto la pluma alcanza a las emociones: leer Kitchen es pasar la tarde bajo la solemnidad de las nubes en lenta paralaje. (Claro, esto es posible gracias al puente de la traducción: Junichi Matsuura y Lourdes Porta.)

El libro, en la edición de Tusquets, está conformado por tres textos. En primer término están «Kitchen» y «Luna llena», que integran juntos la novela corta de la que aquí se ha hablado. Mientras que «Moonlight Shadow», cuento aparte, se incluye como apéndice, muestra de los primeros pasos de Banana Yoshimoto y sus tiempos como universitaria a finales de la década de 1980. Su debut fue Kitchen y, desde entonces, su pluma no ha dejado de cosecharle fama internacional. El lector encontrará en ambos textos similitudes que revelan que a Yoshimoto le interesa enfrentar a sus personajes con la pérdida, pero sin despeñarlos. No diré demasiado sobre «Moonlight Shadow»: el reencuentro del Tanabata está presente.

Como opera prima, esta novela corta (nouvelle) de dos secciones es maravillosa. La descripción indirecta mediante el ambiente global de los espacios (cocina, trabajo, sala de estar…) a través de la focalización de Mikage es una apuesta exitosa que nos revela, no un arduo camino de acción (no hay demasiados eventos articulados), sino un reconfortante crecimiento emocional. Libro definitivamente recomendado. Si, como yo, decides que esta sea tu aproximación a las letras japonesas, no estarás en malas manos.