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¡Ay, si te detuvieras,
la tierra se alimenta de huellas!M. Á. Asturias,
Clarivigilia primaveral

La pila de discos estaba al fondo. En sus cajas, todos formaban una torre que sería de recuerdos o mera acumulación. El polvo no les faltaba y, en la cima, había uno que había llevado una buena vida. No estaba rayado y había alegrado muchas fiestas y tardes de pachorra familiar.

Una vez se ponía el sol los domingos, su música sonaba idéntica, pista por pista, con el mismo sabor tropical. Lo adentraban en la oscuridad y él se abandonaba a sus revoluciones con la fuerza del sonido. Era un repetirse, la misma alegría de compases hecha tesoro. Por eso lo guardaban en su cajita transparente que ponía «Éxitos 2001». Esta vida circular no le molestó los primeros años, en los que vio irse otras cajitas idénticas a la suya.

Pero la noche le sugería otros planes, esa que venía una vez cerraba la Casa del Sonido, cuando él se hacía un solo movimiento en el mundo. «Todo lo que empieza acaba igual», había escuchado en una de sus pistas. Él no sabía de canciones de amor, pero imaginó que era una de esas. Entretanto, observaba de nuevo los destellos de su cuerpo de espejo: un arcoíris hermoso que poco le decía. Se preguntaba por qué y la vista se le iba al centro, a su orificio, que era como una ventana a ninguna parte. Así se sentía —⁠pensó⁠—, atravesado por luces, impresiones y sonidos que no lo acompañaban a su cima de cristal. Cuando retornaba, pensaba la pureza de su cuerpo como un mensaje pasado por dos oídos que no escuchan. No tenía rayas, sí, pero tampoco huella.

Empezó a temer de algún defecto que lo condujera a la muerte. Había escuchado que algunos discos extravían su arcoíris o que se rompen y su música se pierde para siempre. Él se preguntó por su entereza y, una vez, en movimiento, soñó lo distinto: una marca, saber que si algo había girado, había sido su revolución. Ya no soportaba la identidad de su cuerpo, su herida fundamental de «Éxitos 2001», pero no pudo pensar en una respuesta. Como antes, siguió girando.

El calor del año se fue y eso le dio la paz necesaria. Escuchaba el cuchicheo de nuevas gentes por la sala o a veces veía ojos grandes que buscaban entre la pila de cajitas. Eventualmente, su tiempo le llegó. Ya tenía un plan. Cuando vio la luz de nuevo y se sintió ascender desde su centro, el perfume de su arcoiris invadió la habitación. Por primera vez, «belleza» lo cruzó como una palabra que le correspondía. Lo ajustaron y ya estaba sentado en la Casa del Sonido. Se hizo de noche, como un ritual viejo, y comenzó a girar. En cada revolución, podía sentir al Rayo leerlo y buscarle el alma.

Su arcoíris cantó la primera pista, la tercera, la quinta… Tuvo miedo al cambio y por eso aguardó a la octava, que era su favorita. Juntó fuerzas, reunió centros, viró colores y el efecto se hizo escuchar. Por fuera se le vino el estruendo de las Voces. Óquela, ya se rayó esta chingadera. Rayó, rayó, rayó… Pensó en esa palabra mientras su arcoíris recorría el mismo compás, segundo y segundo.

Vio quebrarse la Casa del Sonido cuando todavía giraba en la octava. No sabía que el cielo podía huir antes, así, como derrumbe. Una boca primero, luego unas manos de fuerza. Lo sacaron. Sintió su diámetro ceder, hacerse miedo, y apareció en una cárcel que también creyó circular. No lo supo entonces, pero su arcoíris ya no podría girar ni cantar. Estaba en la Casa del Olor. Allí, con señoras Botella, conoció el doblarse de Aluminio y tocó las crestas de Lápiz roto. Afilado en dos partes, su círculo perdió la cima de cristal, pero su alma fue de huellas en el cuerpo. Así probó la felicidad.