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Última­mente he estado muy preocupado con lo que respecta a mi vida en redes sociales. Antes debo confesar que el término redes sociales me da asquito. En realidad, al menos en la mía, creo que su existencia se acota mejor con la palabra plataforma: un espacio, un zócalo visible, un lugar elevado bajo ciertas condiciones en el mundo de la web.

Mi problema, sin embargo, es que no sé qué hacer con mi vida interior.

Cuando estaba en secundaria, Instagram era mi lugar favorito de la web. Ahí podía encontrar la obra de fotógrafos muy interesantes: paisaje, retrato, foto experimental o meros retazos cotidianos. Todo esto era cuando sólo podías subir fotos cuadradas, no había stories y, en general, los hashtags sí tenían utilidad. Me la pasaba bien porque podía ver con descanso lejos del algoritmo.

Ahora que han pasado los años, Instagram me resulta sobr­estimulante. Y no en un buen sentido, como quizá lo fue Tumblr en su mejor época. Sencilla­mente es cansado. Ya no siento que haya un lugar para mí en Instagram. Es un sentimiento contradictorio: es mi cuenta, pero casi no hay nada de en ella. ¿Lo hubo algunas vez?

Hace poco inhabilité de forma temporal todas mis cuentas en Instagram —⁠sí, tenía varias⁠—; no funcionó. Mi conflicto, una vez he aceptado que mi existencia virtual en Instagram es insostenible, es que no encuentro un lugar habitable en la web.

Todo esto me ha hecho sentirme mal conmigo mismo, aunque no sé de qué forma. Quiero expresarme, pero los medios de los que dispongo yo mismo los he ido vaciando de . Tengo Facebook sólo por trámite, no me interesa estar ahí; Twitter es quizá un mejor espacio, pero cierta­mente me gustaría poder restringir más mis interacciones; y Tumblr, aunque es un espacio fantástico —⁠todo lo que Facebook y Twitter no son⁠—, es una comunidad en proceso de vaciamiento (al menos en español).

Todo esto suena como algo banal, muy de niño con el suficiente tiempo como para perderlo. Puede que sea cierto, pero eso no disminuye que buena parte de nuestras vidas, lo queramos o no, están regidas bajo los modelos de espacialidad e interacción de nuestros sitios en internet.

Ya no sé si quiero existir en la web. Natural­mente, quiero tener un medio de expresión. ¿A dónde conectaré mi vida interior… O es acaso que ser adulto consiste en vaciarte a ti mismo de la vida interior de la que gozaste en la infancia y adolescencia?

Desde que comenzó la pandemia he disminuido mucho mis interacciones, y he modificado otro tanto otras que ahora se desvalorizaron (como mis clases virtuales, cuya trascendencia no es mayor que el rumor de las hojas de un árbol). No obstante, me encuentro en punto muerto de nuevo: necesito interacciones, pero participar de ellas implica tener ya algunas previas, de las que no puedo disponer como me gustaría.

Quizá pueda llevar un diario, pero desconfío bastante de que eso sea lo que necesite. Me gusta estar en internet, descubro muchas cosas que me hacen sentirme mejor. Y no lo digo en un sentido hedonista. Si no fuera por las virtuales conexiones de internet, mi persona estaría mucho más vacía. Y digo que es algo virtual convocando aquí las dos almas de la palabra: tanto lo posible como la evanescencia de lo digital.

Estoy en punto importante: comienzo a querer deshabitar mi vida digital, quizá como síntoma definitivo de lo deshabitada que está mi vida interior, como persona que ocupa un lugar en el mundo. «La materia es todo aquello que ocupa un lugar en el espacio», pero ¿qué lugar ocupa un cuerpo? Un cuerpo necesita ser ocupado a la vez que ocupar. Y creo que me siento des-ocupado. ¿Yo mismo destituyo a mí sombra o ella a mí?

De nuevo, reitero: es la deshabitación de mis propios conceptos y narrativas con los que había decidido, consciente o no, habitar el mundo desde los quince. No sé, para empezar, si quiero ocupar-en-el-mundo —⁠aunque, claro, eso se hace sin querer⁠—. No sé cuál es mi norte. ¿Necesito uno?

Segura­mente guardaré este texto y con el tiempo lo olvidaré. La comprensión resultante será igual a su sola enunciación.