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Si la sal pierde su sabor, ¿cómo devolvérselo?Mateo V, 13

Una breve revisión a los nombres más comunes que se agrupan alrededor del rótulo «literatura potosina» arroja un resultado decepcionante: o se habla de Manuel José Othón (1858-1906) o de Francisco González Bocanegra (1824-1861).

Se trata, en ambos casos, de figuras oficializadas. Othón, por un lado, es el «santo patrono de la literatura potosina»,1 el «poeta del desierto» cuyo estigma parece marcar aún nuestras letras; Bocanegra, por el otro, es el claro ejemplo de cómo un poeta puede ser famoso, tener innumerables monumentos y placas en su honor, pero ser leído más bien poco. En otras palabras: la repetición no augura la riqueza de una interpretación.

Esta primera entrada pretende encabezar una serie de textos que ahonden esa primera revisión inicial, más allá de los autores consabidos. Como estudiante de literatura, uno que más bien siente una aversión fundamental por una ciudad como San Luis Potosí, he encontrado en la reevaluación del terruño, por medio de la literatura, una vía para conectar la cartografía de mis pasos con los de otros grandes personajes, hombres y mujeres, cuya producción nada tiene que envidiar a los autores del mal llamado «centro» de México —⁠acaso sólo la difusión, que tanto nos hace falta⁠—.

Corresponde, en esta ocasión, hablar de Joaquín Antonio Peñalosa (1922-1999), un poeta y narrador, sacerdote católico y hombre de beneficencia, crítico y estudioso literario. La poética de Peñalosa ha sido señalada como una expresión anticuada «en la línea fronteriza entre lo cursi y lo exquisito»,2 enclaustrada quizá en lo «local», tanto como por tratarse de un poeta provinciano como por su faceta de sacerdote —⁠imagen viva del dogma, del «pasado»—; esta visión puede, sin embargo, revalorizarse bajo una perspectiva más crítica y menos repetitiva de la división «regional/nacional» —que es, en última instancia, de lo «nacional» frente a lo «cosmopolita»⁠—.

Ya los escritores del Crack lo anunciaban en 2016 en las palabras de Miguel Torga: «Lo universal es lo local sin muros».3 ¿Qué nos dice esto frente a una de las producciones más importantes del ámbito potosino, la de Peñalosa, cuyo alcance nacional ha sido más bien reducido? Si hiciéramos un ejercicio de restitución (como el que él hizo para las Obras completas de Othón, editadas por el Fondo de Cultura Económica), ¿qué elementos nos harían falta para «justificar» una lectura más amplia de su obra?

Retrato a blanco y negro de Peñalosa, sentado, en una junta dentro de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí
Peñalosa en una junta dentro de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (s. f., autor desconocido)

Desde la acotada trinchera de este blog, esta recuperación es posible desde tres ámbitos, que también son facetas de la vida de Peñalosa en el mundo de las letras. Para rescatar algo, hay que mostrar también sus relaciones: el escritor es «un pequeño mar al que han ido a desembocar como afluentes muchos ríos».4

Peñalosa investigador y difusor cultural

En su extensa trayectoria, Peñalosa contribuyó a echar luz sobre zonas poca investigadas de la literatura potosina. Uno de esos ámbitos fue el de las letras virreinales del estado, las primeras acaso. Gracias a su estudio Letras virreinales de San Luis Potosí (1988), es posible señalar con mayor precisión un punto de origen para un territorio literario cuya relevancia no siempre es reconocida: la propia ciudad de San Luis. Él mismo recordaba:

Todos los que entonces prometían más buscaron otros horizontes, la capital; y San Luis se quedó prácticamente sin poetas, terrible este gran silencio.

Miguel Ángel Duque, «La fuga de las plumas. Charla con Joaquín Antonio Peñalosa», El Sol de San Luis, 20 de noviembre de 1999, §A, p. 6.

A Peñalosa debemos, además, sendos estudios sobre los escritores más importantes del estado, ya aludidos: Francisco González Bocanegra y Manuel José Othón. Pero su ámbito, dentro de la revista Estilo, también cobijó a figuras cuya valoración reciente deja ver que el círculo de las letras potosinas no es un paraje desierto según el imaginario más vivo de cuentos como «El nahual». Hablo, en este caso, de Amparo Dávila, cuyo poemario Salmos bajo la luna (1950), su primera obra, fue publicada bajo la tutela de Peñalosa. En la dedicatoria se lee: «Para Joaquín Antonio Peñalosa, maestro y guía, con agradecimiento y respecto». Más tarde, en una entrevista de 2017, Dávila rememora: «No me interesaba dar a conocer lo que escribía y fue cuando él me recordó que uno debe de compartir lo que Dios nos da. Salmos bajo la luna fue el primer libro que escribí porque mi amigo me convenció que le diera cinco salmos».5

Peñalosa el sacerdote católico

Decía Antonio Castro de Peñalosa: «Ha renovado, en uno de sus aspectos más originales, la poesía religiosa mexicana».6 La propuesta de Peñalosa, arraigada en su admiración por San Francisco de Asís, ha sido destacada por su expresión sencilla, pero lúcida. En ella se exaltan valores relacionados con el reconocimiento de la otredad y la valoración del sentimiento de las cosas que pasan —⁠por darle un nombre⁠—; la suya es una estética de la admiración y la contemplación. Inclusive, Irma Villasana ve en ella lo que Gabriel Zaid llamó «catolicismo en la vanguardia»: el juego léxico, el acercamiento a temas más modernos —⁠«mundanos», si se quiere⁠— o el tono burlón de algunos poemas.7

Peñalosa el crítico de la sociedad

De esta última faceta es plausible extender el comentario: esta contemplación también es una actividad crítica de aquello que se observa. Peñalosa, cuya poesía (Pájaros de la tarde, 1948; y Ejercicios para las bestezuelas de Dios, 1951) tiene una «capacidad de ternura que es muy rara de encontrar en los poetas mexicanos» —⁠para retomar la cita de Castellanos sobre Sabines⁠—,8 ofrece también una elaboración sardónica de los referentes que toca, especialmente aquellos de la vida moderna (destaca aquí Museo de cera, 1997): el semáforo, la computadora, el automóvil, la televisión; pero también del espectro social: el aborto, el encarecimiento de la vivienda popular, la publicidad y el consumismo. Es pues, un poeta polivalente cuya producción esquiva un maniqueísmo que podría asumirse desde su papel como poeta católico.

[Peñalosa] no tiene temas vedados y se asoma a todos los rincones de las almas individuales y del mundo de todos.

Hugo Gutiérrez Vega, op. cit., p. 15.

La suya, es, en verdad, una poesía hecha cosmopolita desde dentro: desde la elaboración personal y que incluye algunos referentes locales. Me gustaría concluir esta introducción con el título de uno de los poemas de Peñalosa, que es casi un aforismo ad hoc para su obra: «La mariposa nos advierte que pequeñez es grandeza».

Antología

A continuación, presento una breve selección de la poesía de Peñalosa. Todos los poemas han sido compilados desde Hermana poesía (Ana Coloma y David Ojeda [eds.], Verdehalago, México, 1997), la antología que reunió, dos años antes de su muerte (1999), buena parte de su quehacer literario.

Meditación de las mariposas sobre la muerte

Considera, hermana, que morir tenemos:
las mariposas mueren en el viento.

Candil del parque, ya sin luz y fuerza,
fragmento oscuro de apagada estrella.

¡Oh rosa trampolín en donde toman
su fuga de alas duplicadas rosas!

¡Oh carne azul de flores engendrada!
¡Oh aceite, oh fuego, oh lámpara!

Ángel sin idea, pájaro sin palabra,
avión con vida, crisantemo con alas.

Como el cartujo, cava tu sepultura
en el rincón de brisa donde Dios se perfuma.

La mariposa es irse, deshacerse;
polvo de oro, recuerda que polvo eres.

Por eso, si mortal, no mates ansias
del niño que te aviva entre las ramas.

Ni codicies la miel de los geranios,
pétalo al fin con alfiler clavado.

La vida es vuelo y tras el vuelo comienza;
no hay camposantos de mariposas muertas.

Acaso algún poeta se llevará tus alas
como señal de libro o de esperanza.

Acaso entre los álamos la muerte,
¡oh color y suspiro!, te nos lleve.

Te envolverá la sábana del cielo,
te encerrará la caja azul del viento.

¡Oh incensario, oh sol, oh reloj trémulo!
Considera, hermana, que morir tenemos… ❧

Computadora digital

Yo también compré una
calculadora de bolsillo
no la necesitaba, no
pero estaba en oferta
y era dulce como un piano de niña
del acuario de teclas
pececillos fosforecían saltando
3 más 7 más 40
a sumar comencé cuanto mi piel entierra
venas músculos nervios
las tribus peregrinas de los glóbulos
desembocaban los sumandos
en un total vastísimo de ola
me dio tanto miedo ser tanto
desnudo y excesivo de equipaje
sentirme flor y comprobarme bosque
comencé en una célula
asunto del microscopio
terminaré en un furgón de 211 huesos
con la prueba electrónica en la mano
el piano y el acuario
sobrado estoy de todo cuanto sumo
los ojos no, son apenas dos ojos
y tanta luz enfrente
más, más corazón, siquiera otro
me hace falta un repuesto. ❧

Acabó la guerra

Montados en el lomo colérico de un tanque,
urden los niños carreras de caballos,
la boca del cañón estalla y da en el blanco,
la golondrina que ha puesto un huevo. ❧

La espuma

En tanto vivo y en vivir me empeño,
voy por costumbre o voy por destino
juzgando habitación lo que es camino
y eternidad la espuma del ensueño.

Otro quisiera en vano, otro destino
en vez de la ficción que desempeño,
pues lo prestado usurpo como dueño
y me aferro al bordón de peregrino.

De vida voy, más que de muerte, herido,
aunque a la muerte todo me apresura;
entre las dos es tal mi desconcierto

que si temo morir por lo vivido
más muero por la urgente sepultura
y no sé si viviendo ya esté muerto. ❧

La que no abortó

Desde que se casó Isidora
se le echó en brazos el otoño
no supo más de flores ni aguaceros
pesada, frutal, embarazada
sólo supo hacer hijos y sopa de garbanzo
tan sencillo como prender la lumbre
y esperar nueve meses
pero, mujer, si ya pareces perra
no tienes lástima de ti misma
ampona y amarilla como los girasoles
¿por qué no abortas?
cruzó las manos sobre el fogón del vientre
oloroso a remedios de pobre
qué tanto es uno más
el fruto cae gratuitamente de maduro
no tenemos dinero para cortarlo. ❧

Torero Dios

Torero Dios y yo toro en la arena
a ver quién vence a quién, a ver su suerte,
a ver si puede más Él que es más fuerte
o lo tumbo y lo cuerno en mi faena.

Me tiende su capote de azucena
que rasgo luego con olor de muerte,
bien lo sabe y parece que no advierte
que en su insistencia firma su condena.

De pronto el cuerno seco. Cae la rama.
Herido Dios en hombros y algodones
va por el túnel de la enfermería.

la sangre de él era la sangre mía
me devolvió la herida por perdones,
y aquí estoy solo y triste con mi brama. ❧

Elogio de la locura

Era un edificio levantado
     para que nadie lo habitara
una carretera cerrada al tráfico
     miraba
y en vez de miradas se le escurrían
     dos mariposas negras
el horno de la lengua
     jamás doró el pan de una palabra
     sino la masa cruda del jadeo
¿qué barro mal cocido lo dejó a la orilla
     de la bestia y la luz?
¿quién desenchufó el mecanismo de su estrella
y fue la pura noche perforada de túneles?
nadie lo vio llorar, acaso fue su única cordura
     el loco, ahí viene el loco
     y corrían los niños asustados
y la madre del loco acariciándolo:
     no lo llamen loco
sólo se ha jubilado de hombre. ❧

Confesiones, capítulo penúltimo

Me llamaste al alba,
mira nomás a qué horas llego,
el reloj checador marca las 11:59 p. m.,
dame ese minuto de esperanza.

Vuelvo del viaje sin más souvenir
que unas migajas de pan
y unos bolsillos rotos,
sólo Tú puedes comprarme
el boleto de regreso. ❧

Somos el río

Soy más que todo esto
que cabe en la clausura de la piel,
ajustado a su túnica inconsútil
atravieso los hilos como el ala del pájaro
     que se continúa en el aire,
soy la voz     pero también el eco
rastreando las zonas de silencio
     reservadas al ángel,
soy la mano     más allá de los dedos
prolongada hasta el punto de la pluma-fuente
donde comienza el vuelo-río,
soy estos pies asidos al vaivén de la tierra
gusanillos de luz con vocación de nómadas,
soy el cuerpo     pero duplicado en sombra
el otro ser que soy,
     escurridizo de sueño y de fantasma,
soy los ojos más los vidrios de aumento
crecidos de horizontes
puertas de salida     escaleras de escape,
soy esta circulación de sangre o soles
taponada por los fríos huevecillos
que la muerte incuba     pero
el silencio que sigue a la última palabra,
como el último acorde del órgano,
todavía es música     todavía
y el río al encontrarse con el mar
     definitivo
lo sigue endulzando largo trecho. ❧

Coloquio de los elefantes

Hágase el elefante, y nos hiciste.
Tu voz debió ser alta, impenetrable y triste.

Caminábamos, Señor, íbamos en manada, caminábamos;
nos pesaba la carne, nos sentíamos pesados.

Las patas alternaban su cansancio,
subían en cámara lenta, bajaban despacio.

Un día de sol nos conocimos,
bajo las nubes verdes nos miramos al río.

Nos vimos arrugados y éramos recién nacidos,
la piel como libreta inservible de un niño.

Nos palpamos duros, impenetrables, compactos:
muros de lamentación, carreteras de asfalto

rocas en movimiento, lenta lava ya piedra,
erosión de vida de tu volcán ya llena.

Los niños reían mirándonos la trompa,
como sus palotes fea, y sus letras sin forma.

¿Por qué si somos tristes se ríen de nosotros?
Creador del elefante, ten piedad de nosotros.

¡Oh altura y soledad! ¡Oh piel marchita!
¡Oh cielo lejos y tierra en lejanía!

Nuestros ojos tan altos son miopes a las flores;
nuestros ojos, tan bajos, no alcanzan a tus soles.

Y las patas se enredan quebrando las gardenias
y asustamos la fuente en concilio de estrellas.

Líbranos del cirquero que nos trae muertos de hambre,
y del parque zoológico, pequeño y elegante,

del cazador que espía el marfil y la carne,
y del sabio que dice paquidermo en lugar de elefante.

Por traerte a Belén a los tres reyes magos,
ten piedad de nosotros los elefantes blancos. ❧

  1. Alexandro Roque, «De la huida a la nostalgia. La construcción del desierto en la literatura potosina», Casa del Tiempo, núm. 16, febrero de 2009, p. 16.

  2. Así según el juicio de Armando Adame, quien luego destaca la formación humanística de Peñalosa como una compensación de esa condición. Véase la nota 7 en Irma Guadalupe Villasana Mercado, Hálito poético: la poesía evangélica de Joaquín Antonio Peñalosa, H. Ayuntamiento de San Luis Potosí, San Luis Potosí, 2009, p. 141.

  3. Ricardo Chávez Castañeda, Ignacio Padilla, Pedro Ángel Palou, Eloy Urroz y Jorge Volpi, «Postmanifiesto del Crack (1996-2016)», Confabulario, 9 de abril de 2016. Vid. Ramón Alvarado Ruiz, «¿’Lo universal es lo local sin muros’?: Desplazamientos temáticos en la literatura del Crack», en Tarik Torres Mojica et al. [coords.], Desplazamientos de la literatura mexicana actual, Universidad de Guanajuato/Eon, México, 2019, pp. 86-106.

  4. Miguel Ángel Duque, «Escribo para ver si puedo aprender. Charla con Joaquín Antonio Peñalosa», El Sol de San Luis, 19 de noviembre de 1999, §A, p. 10.

  5. Leonardo Domínguez, «La literatura es un amor al que no le he sido infiel», El Universal Querétaro, 21 de febrero de 2017.

  6. Apud Hugo Gutiérrez Vega, «Prólogo», en Joaquín Antonio Peñalosa, Cantar de las cosas leves, Fondo de Cultura Económica, México, 1999, p. 15.

  7. Apud Villasana Mercado, op. cit., p. 134.

  8. Emmanuel Carballo, «Entrevista con Rosario Castellanos», en XIX Protagonistas de la literatura mexicana, México, Alfaguara, 2005.