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El hombre es el sueño de una sombra.Píndaro, Pítica VIII

La vida es sueño (1635) es una obra cuyas controversias son una sola y son múltiples. Para aquellos que no la hayan leído (quizá sí escuchado), la síntesis de sus tres jornadas puede fijarse un poco como sigue. En vísperas del nacimiento de su primogénito, el rey Basilio vaticina un terrible presagio para su heredero en el trono polaco: crecerá para convertirse en un funesto príncipe que traiga la ruina de su pueblo. Segismundo, el hijo en cuestión, es criado entonces en una torre en la que se ve privado de la libertad, sin conocer otra voz del exterior que la de Clotaldo, su sirviente y consejero. Las sombras de la «alegoría de la caverna» son palpables, y, como ahí, Segismundo, imagen del hombre, emprende una salida hacia la verdad: es un noble.

Regida bajo la disputa por el derecho real y sus privilegios, la acción también sirve de paraguas para una serie de contraposiciones no necesariamente excluyentes: hado contra libertad, libre albedrío frente al determinismo vital, instrucción del hombre frente a un particular esencialismo, ley divina o ley civil, realidad y fantasía e, incluso, la legitimidad de la venganza y la justicia a mano propia (como ocurre en la Fuente Ovejuna de Lope). Todas ellas han sido abordadas también desde perspectivas dispares.

Cuando leí esta polifacética obra de teatro allá por 2017, no terminé de captar ninguna de las contraposiciones mencionadas. En su lugar, obtuve una frase que funcionaba como un axioma: el título la vida es sueño. Sobra decir que, como axioma o mantra (conjura del tiempo) lo que la hacía valiosa no era su composición sino su repetición, como diría Barthes. Ya en 2020 —⁠año convulso conocido de todos⁠— pude obtener un sentido mucho más rico. Segismundo apareció entonces con la realidad, ya no de la sombra delante de la pantalla, sino de aquella que destila el cuerpo. Hablo, en concreto, del libre albedrío de Segismundo y de su facultad para actuar en un entorno que es tan compuesto como él: el espacio que queda entre la fantasía del sueño y la realidad, y la dificultad de distinguir entre ambos.

Al poner en perspectiva La vida con los autos sacramentales de Calderón, destaca el rigor con que las figuras de su teatro religioso se presentan en escena —⁠porque más que personajes, se trata de ideas en movimiento⁠—; pero el resto de su producción no está lejos de ese esquematismo (entendiendo esto como la maestría del plan literario más que la repetición de fórmulas). Según Octavio Paz, esto se debe a la particular cosmovisión que impregnaba los últimos años del Barroco español:

El teatro religioso español se escapa, a veces, de las cadenas del dogmatismo gracias, precisamente, a uno de sus dogmas, el del libre albedrío, que concibe al hombre como un ser contradictorio y capaz de escoger.

«El carro y el Santísimo», en Las trampas de la fe, Seix Barral, México, 1993, pp. 455

No obstante, creo que La vida es sueño también puede participar de esa aserción sin ser teatro estrictamente sacro, pues Segismundo es tan decididamente violento como libre. Violento en la acepción que este término tiene en la obra: la reunión insólita de dos contrarios, pero que no se fusionan, sino que participan de una naturaleza común en constante conflicto. Como el Hipogrifo, Segismundo se despeña desde la reunión de los contrarios prohibidos.

Sobre su libertad, el propio Basilio, su padre, comunica una afirmación similar en la que deja claro que el libre albedrío se impone sobre otras condiciones, incluso frente a las violentas:

Porque el hado más esquivo,
la inclinación más violenta,
el planeta más impío,
sólo el albedrío inclinan
no fuerzan el albedrío.1

Este parlamento sale de su boca una vez ha reconocido su posible error como mandatario. Que Basilio le haya negado la educación que le correspondía a su hijo como heredero en realidad sólo ha cumplido el mal agüero de las estrellas. Pues, está dispuesto a liberar a Segismundo de la torre que lo apresa.

A pesar de que, desde la postura del espectador o virtual lector de la obra, La vida es sueño parece escenificarse desde nuestro paradigma de realidad, en la mente de Segismundo hay un complejo trastorno que desdibuja los límites conceptuales entre lo vivido y lo soñado, o, lo que es lo mismo, entre la potencia y el acto. Antes de que Segismundo sea devuelto a la torre por su actitud despótica, él mismo enuncia un criterio fundamental de su actuar posterior (reflejado en su segundo soliloquio): la percepción. Verbatim:

¿Qué quizá soñando estoy,
aunque despierto me veo?
No sueño pues toco y creo
lo que he sido y lo que soy.

vv. 1532-1535

Ciriaco Morrón cree que esta identificación con el pasado, es decir, el recuerdo, es la herramienta intelectual con la que el príncipe polaco se armará para enfrentar a Basilio y, más importante, contra la disputa sueño/vida.2 Pero he aquí un cambio de tónica fundamental: es una herramienta irracional. Segismundo actúa movido no por impulsos racionales, sino por aquellos remanentes de sus experiencias pasadas (lo que comprende el amor que profesa por Estrella y la autoafirmación del yo). Si bien la modernidad tiene claro que toda impresión, sensación y sentimiento están mediados por la razón, el momento histórico de Calderón tiene otros referentes que seguir. Reelaboro: la elección de Segismundo es la apuesta por lo irracional. Él se opone a la tiranía de la materia (su corporalidad y encierro físico), no porque ya haya conseguido definir una postura —⁠el axioma «el vivir sólo es soñar» que yo también había creído central⁠— que lo encamine a lo racional (polo representado, irónicamente, por su padre Basilio),3 sino porque ha asumido la actitud del desengaño. Clotaldo le aconseja «que aún en sueños / no se pierde el hacer bien» (vv. 2146-2147) y Segismundo interioriza esto como la prudencia tan esperada que la realeza le exige: si no puede dirimir el meollo vital que lo atormenta, entonces participará de él.

Este lance quijotesco lo coloca en el fiel de la balanza vida/sueño, en una especie de no-revelación porque la resolución es la negación de toda certeza. Entonces, elige representarse dentro del teatro del mundo y proclama:

Soñemos, alma, soñemos
otra vez; pero ha de ser
con atención y consejo
de que hemos de despertar.

vv. 2359-2362

Estas últimas palabras tienen también el valor de la ambivalencia cervantina: refieren tanto a la verdad última que se espera y no llega (aquí es notable la elección verbal: ha de ser) como a la vuelta a la torre, espacio que representa el conflicto interno.

En este sentido, y resumiendo, él se torna su propia flor de Coleridge: su pasión, sus pulsiones más profundas (recuerdos, ilusiones y deseos), son las que dan fe de sus actos y persona entera como realmente acontecida en el difuso plano de la realidad.4 La mera percepción de la existencia, sea de sí mismo o del elemento fantástico, hace que Segismundo esté, justo, en un estado enunciado como virtual: ha de despertar.

Con el asombro como sentimiento final de los otros personajes, Segismundo vuelve a proclamar el desengaño y no el sueño, en sus líneas finales:

¿Qué os admira?, ¿qué os espanta,
si fue mi maestro un sueño
y estoy temiendo en mis ansias
que he de despertar y hallarme
otra vez en mi cerrada
prisión? Y cuando no sea
el soñarlo sólo basta.

vv. 3305-3311

Se encuentre o no en la realidad poco importa, pues ahora su emblema es la acción: la conjunción de sus problemas y aspiraciones, de su violencia. Se ha creado —⁠desde la visión disidente, la irracionalidad⁠— una visión válida en sí. El hipogrifo retoma el vuelo.

  1. Pedro Calderón de la Barca, La vida es sueño, Ciriaco Morrón [ed.], Cátedra, Madrid, 2017, p. 109, vv. 787-791. Cito por esta edición, indicando, en lo subsiguiente, sólo los versos correspondientes.

  2. Morrón, op. cit., p. 136, notas 1534-1535. No puedo sino secundarlo. Segismundo se percibe-en-sí, cobra consciencia de su flujo mental como en el acto cartesiano (cogito, ergo sum), y utiliza esa percepción de asidero vital.

  3. Es notable que, aunque nunca se le censura de supersticioso, esa es la crítica final que la obra le dirige. De una ambición enteramente racional (las matemáticas), él ha derivado un producto voluble (la astrología, en su sentido pseudocientífico moderno), y las consecuencias de tal ceguera son el cumplimiento de los males vaticinados.

  4. Vid. J. L. Borges, «La flor de Coleridge» (Otras inquisiciones, 1952). Como término, hace referencia a aquellos vestigios de otra realidad que no es la presente; vestigios que sirven como pruebas de que ha ocurrido un evento que viola el paradigma de realidad conocido, pues esa otra realidad se ha manifestado en la primera, la «real».