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«Una casa hermosa» (美しい家, Utsukushii ie) se publicó por primera vez en el Tōkyō Nichi Nichi Shinbun el 17 de enero de 1927. A diferencia del relato anterior de Riichi Yokomi­tsu traducido en este blog, «Entre la hierba» —⁠que aparecía sólo ligeramente vinculado a la Shin­kan­kaku­ha⁠—, este nuevo texto hace parte de la serie de relatos con los que este autor exploró la encrucijada entre belleza y enfermedad (particularmente, la tuberculosis).1 Se trata de un motivo de raíz personal: el lecho y muerte de su esposa Kimiko Kojima en 1926. La vinculación no es, por lo demás, gratuita: los personajes padecen con consciencia plena.

De nueva cuenta, el original japonés que se tomó como base está disponible en línea a través de la Aozora Bunko.

Una casa hermosa

Un día, mi esposa y yo salimos a las afueras en busca de casa. Nuestro acuerdo era seguir buscando lo mismo, pero ahora en una zona distinta, en la que nunca hubiésemos estado.

Aquella vez caminamos de un lado para el otro todo el día. Para la tarde, ya estábamos tan exhaustos que empezamos a preguntarnos por dónde diablos íbamos.

Como si de suaves velos se tratara, las laderas se confundían una con otra, hierba sobre hierba. Al fondo, las casas eran indistinguibles tras la espesura.

—¿Sabes dónde estamos? —⁠le pregunté a mi esposa.

—No sé, no conozco este lugar.

—Ni idea. Ya no aguanto el cuerpo.

—Yo… yo tampoco. Estoy harta de caminar.

—Descansemos aquí un rato. Será mejor si esperamos a que baje el sol.

—No importa si es hasta el atardecer.

—Siéntate.

Me acomodé entre la hierba y saqué un cigarro. Al lado mío se recostó mi esposa, que ya parecía más calma y observaba el menguante colorido del cielo…

(El hecho de que ambos estuviéramos igual de abatidos fue lo que condujo a nuestra familia a su desgracia…)


Abotagado como estaba en aquel momento, lo único que hice fue ponerme a fumar; entonces no sabía nada. Ese tiempo hueco y distendido, ese estado de consciencia tan neblinoso… Había algo que timoneaba silenciosamente nuestros destinos. Todavía me pregunto qué fue lo que sucedió. De pronto, como destilada por la vaguedad de mi pensamiento, me invadió la necesidad de hallar la casa definitiva ese mismo día. Fue como un deseo negligente que rondara sobre mí cual burbuja.

—Oye, tenemos que seguir buscando. Ya estoy harto, pero, si terminamos hoy, podremos ir a descansar.

—Bien, hagámoslo —⁠respondió mi esposa.

Uno no debe entregarse al cansancio, porque cansarse es perder el juicio por entero. A pesar del desmayo de nuestras mentes, decidimos continuar buscando casa.

Divisamos una en la cima de la loma, escondida entre la hierba.

—Quizá esté en renta. Pero con el portón cerrado… Creo que no.

Sin llamar a la puerta, pronto nos encontramos recorriendo los alrededores.

—Es un buen lugar. Alta, jardín amplio, rodeada de flores… Ya quiero despertar aquí y recibir el sol por las mañanas…

La premura de mis palabras fue lo que sedujo a mi agotada esposa:

—Supongo que está bien, deberíamos quedarnos.

—Sí, este es un lugar excelente.

Entramos enseguida para ver al dueño y preguntarle por el estado de las habitaciones. Lo cierto es que la casa como tal ya no nos preocupó demasiado. La alquilamos en ese mismo instante, convencidos, llevados por el impulso de descansar tan pronto como fuera posible.


No nos mudamos a la casa sino una semana después o poco más. Siendo ya de mi propiedad, decidí recorrerla entera por primera vez. Fue entonces cuando pensé: «Hay algo que no cuadra». Me preguntaba por qué había tanta oscuridad en el interior de una casa tan clara. Observé que unos muros bordeaban el lado norte… Pero ya me había perdido entre los tonos de las muchas flores que se abrían afuera en el jardín. El colorido penetró hacia el interior y, sin darme cuenta, olvidé esa imponente serie de muros que antes había ocupado mi cabeza.

Sin embargo, cuando el otoño llegó con toda su profundidad, las rosas decayeron y los crisantemos se secaron. Y cuando las camelias por fin se habían alzado solitarias sobre las hojas secas, de repente, al norte, la influencia de los oscuros muros cobró más fuerza. Entonces caí enfermo de un resfriado. Mi madre terminó muriendo entre estornudos, diciendo «achú», y mi esposa no tardó en ocupar su lugar en la cama. El callejón florido que me conducía orgulloso hasta la casa se convirtió en el camino que corría para comprarle hielo.

—No sé cómo, pero el ambiente de la casa está echado a perder. Es como de aire viejo y encerrado. Cambiemos de casa, vámonos.

Pero para entonces el cuerpo de mi esposa ya no podía moverse en absoluto. Luego el verano volvió a la casa. Las fresas cubrieron el jardín de nuevos colores. El cerezo extendió sus flores más allá del alero. La parra maduró sus racimos sobre la espaldera. Día tras día, mi esposa me lo contaba todo desde su lecho.

—Yo… quiero que cambiemos de casa. Anda, salgamos a buscar otra. Ya no aguanto estar aquí.

—Está bien, está bien. Pero todavía debemos esperar un poco más, al menos hasta que tu cuerpo pueda volver a moverse.

—No, me niego. Terminaré muerta si me quedo más tiempo aquí, estoy segura.

—Bueno, si te levantas seguro que mueres, entonces…

—No, no, no. No me importa si es en otra parte, ¡no voy a morirme aquí!

A nuestro alrededor y en medio de nosotros, enormes azucenas perfumaban la casa.

—¡Mira! Florecieron hoy las azucenas.

—Acércate.

Mientras nos asombrábamos por el tamaño de las azucenas, las rosas empezaron a abrirse, imponentes, de nuevo.

—¡Ah, también las rosas! Es precioso.

—Son las de color crema, ¿no? Me pregunto si las blancas ya florecieron.

Arranqué unas cuantas azucenas y me acerqué para colocarlas junto a la cabecera de mi esposa, pero enseguida comenzó a toser por lo intenso de su aroma.

—No me hagas esto. Te van a matar las azucenas. Las rosas están mejor, las rosas.

Mientras cambiaba las azucenas por las rosas y me despejaba de la oscuridad de la habitación, las flamas poblaron el jardín por entero, floreciendo como nubes blancas y rosáceas.


Por fin las flores habían comenzado a aliviar el rostro pálido de mi esposa. Pronto, sin embargo, el viento de otoño se echó a soplar —⁠se lleva las flores incluso antes de que caigan por sí solas⁠—.

Un día, quise subir la colina que nos había llevado hasta esa casa. Me senté sobre la hierba donde habíamos descansado. Igual que antes, cuando había dejado que mi mente descansara, aturdida por el cansancio, quise que mi mente descansara de nuevo, aturdida ahora por la miseria. Esperaba que de mi ser surgiera alguna impresión provechosa, pero desde el fondo de mi pecho no salió nada. Intenté entonces examinar lo que estaba maquinándose en mi alma, como si de una criba se tratara.

«¿Qué es la vida?»

Es sufrir…

«¿Qué es sufrir?»

Es alegrarse…

«¿Qué es la alegría?»

Es vivir…

«¿Y qué es la vida, entonces?»

Me puse de pie de nuevo; masticaba la raíz de una hierba blanca. Pensé por casualidad que acaso esa raíz era del otoño pasado; la habíamos pisoteado y luego nos habíamos sentamos sobre ella. Aquella vez debió haberse marchitado, pero brotó de nuevo. Quizá también nosotros nos recuperemos. Puede que ahora nuestra miseria se vaya.

Fui de vuelta a casa. El callejón que me conducía hasta ella estaba cubierto a ambos lados de flores color durazno. En medio de estos muros tapizados de flores, qué belleza tan nítida ver a una persona enferma —⁠eso fue lo que murmuré⁠—.

  1. Recomiendo consultar el artículo «Yokomitsu Riichi and Tuberculosis» (en japonés) de Jinaming Zhang. Uno de los cuentos, quizá el más famoso de esta serie, es «La primavera llegó en un carro tirado por caballos», cuya traducción al español está disponible bajo el sello de la editora También el Caracol (Argentina).