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Cada tanto mi camino en la web se encuentra con infografías y publicaciones esnobistas en las que se proclama una serie de palabras como «las más bonitas de la lengua», las «intraducibles», aquellas que «deberían existir en español, pero no». La mayor parte de las veces, como ocurre con casi todo lo que se haga viral en este campo, la verborrea se sustenta en un discurso reduccionista lleno de fetiches lingüísticos y culturales.

Mi diatriba de hoy va contra esas palabras bonitas. No por prescriptivismo lingüístico —⁠uno está en su derecho de escribir tan inefectivamente como pueda⁠—, sino por afán de demostración. ¿Bonito según qué?, ¿sólo porque es exótico?, ¿porque tiene una etimología inoperante?

Parece que entre más exacta o específica sea una palabra extranjera, entre más guarde su garantía de intraducible, más exitosa es entre quienes se dejan vender espejos. Mi discurso, ya se advierte, es igual de esnobista: si se va a defender algo, hay que aducir al menos una cara de confianza. Hay términos que tienen su fama ganada a pulso, como la saudade portuguesa. Su éxito se debe a la vaguedad con la que ha sido definida, lo que quiere decir en última instancia que es un vocablo vivo que puede ser añadido con facilidad en distintas situaciones, pero con cierto marco contextual. No todo invoca la saudade de la misma forma en que no todo da cringe.

El terreno opuesto lo ocupan palabras quizá igual de famosas, pero que, mejor pensado, son como de museo mal curado. Palabras exactas para definir situaciones específicas que acaso sean exclusivas de un libro de romanticismo trasnochado. Para bien de mi queja esnobista, estas son las que más suelen venderse. Es fácil encontrar ejemplos.

Dentro del orientalismo, las palabras japonesas salen a relucir por una suerte de [mal]sueño colectivo que conjunta racismo, estereotipos decimonónicos y malinchismo. Ejemplos son ikigai o komorebi, que bien podrían ser títulos de libros de autoayuda. No es una asimilación ociosa: son cascarones de márketing, algo así como conjuros para apelar a uno mismo y verse como un iniciado de sabrá quién qué conocimiento especial. Komorebi se define como aquella «luz que se filtra a través de la hojas de los árboles». Se ordena en alejandrino y he ahí un mínimo locus amœnus. Podría decirse que ese latinajo está al mismo nivel, pero eso es irse por las ramas. ¿No es acaso más fácil simplemente describir esa luz que se filtra de entre las hojas? ¿No es más claro, directo? Komorebi, repito, está en el saco de las palabras oscuras cuya definición alumbra sólo a los que no tienen luz. Para esos orientalistas de cajón, como para el resto de los esnobistas, un haiku de Bashō:

Cuánta nobleza
del que no se ilumina
ante el relámpago.

trad. Aurelio Asiain. Leído en el prólogo a Japón en Octavio Paz, Fondo de Cultura Económica, México, 2014, p. 41.