Tenía en Cuernavaca un asunto pendiente: visitar la tumba de Elena Garro. Muchos artistas e intelectuales, mexicanos o extranjeros, han pasado por esta ciudad; quería encontrar algo, seguir unas huellas, lo que fuera. Este año por fin me aventuré a buscar el hogar sólido de las Garro: Elena y su hija Helena.

No me quise poner a llorar a mitad del cementerio, en especial porque todos estaban celebrando. Yo era ahí el visitante, un observador más; pero no pude evitar sentirme conmovido.

No en Un hogar sólido (1957), sino en la posterior La señora en su balcón (1959), es donde podemos leer lo siguiente: «Ese mundo malvado es aparente. Detrás está el otro mundo maravilloso. Y detrás del tiempo de los relojes está el otro tiempo infinito de la dicha». Viendo tumbas mejor o peor cuidadas, el gatito sobre la tumba de ambas, creo que suscribo.